MUERTE... ¡VAMOS A DORMIR!
Es el silencio, es ese silencio que nadie lo dejaría continuar pues le temen, ese nocturno caminante de callejuelas silba para impedir que continúe ¡ese silencio!, pero este se escabulle por los tejos y respira en los campanarios, tiene aliento. No hay lugar en los despeñaderos, no hay sitio en los recovecos, no hay lugar en las almas donde el silencio eterno pueda gobernar.
Pero en realidad me pregunto, cuál es el temor verdadero, el temor a la marioneta del silencio o quizás será el marionetero que esconde la profundidad de su rostro tras la máscara de la muerte.
En los parques me llaman "La Nada", dicen que fue por mi blancura facial y la expresión en mi rostro que no re hacía sino imaginar como debería ser "La Nada", el profundo descubrimiento de "La Nada" era el de introducir mis jocosos dedos en el orificio de las máscaras, cualquiera que estas sean: de payaso, de cuco, de oso o hasta la máscara preferida de todos, la de Dios. Lo hacía con la inocencia del pequeño que mete y mete los dedos en los interruptores de electricidad sin ningún miedo, pues no se sabe con certeza que sucederá luego, y aún más cuando "La Nada a Nada teme".
Pero los años me dejaron escampando en la curiosidad de saber que me esperaba detrás de esos pequeños ojales obscuros; estaba seguro que no debían ser ojos, era otra cosa, no se qué, pero era otra cosa.
Era día de estío y las nubes al parecer deberían estar en otras galaxias, pero al esperar en ese silencio temido, la plena senilidad de la vida se apoderaba de mis pieles, y en un abrir y cerrar de ojos era ya un anciano que sentado en la puerta de su casa esperaba aún con desconsuelo descubrir la máscara silenciosa de la muerte.
Al observar el horizonte esa tarde de repente divise una viudita negra volando hasta mi casa, era como una nube llena de algodón negro y sentía la tristeza que con ella traía, se posó exactamente sobre mi sombrero y se dejo caer muy triste hasta el suelo, pasando por "La Nada", caía hacia el suelo, un charco negro se formo en la sima de mis pies, un charco de agua muerta. La miré por segundos e inmediato me precipité hacia mi velador, buscaba la máscara de la muerte, la que mi abuelo me había obsequiado cuando me contaba las fábulas de terror, regresé lo más pronto que pude y lancé la máscara sobre el charco de muerte y luego metí mis dos índices en un intento por descubrir que había detrás de la máscara, era mi última oportunidad y luego vendría lo demás.
Y sentí no sino otra cosa que "La Nada" y de "La Nada" se levantó imponente del charco el rostro silencioso de la muerte siñéndose la máscara que con sentido del deber venía a cumplir con su cometido, la muerte vendría por mí y yo "La Nada" lo esperaba, debía extender mis manos y dejarme llevar por su sabia guía pero por el contrario cruce mis manos por detrás de mi espalda como seduciendo al desafío negador de la muerte inesperada, "La Nada", nada tiene que hacer con la muerte replique en el viento y ella me dijo, "La Nada" es la muerte y la muerte su destino, la muerte te espera.
Me aferraba a la vida no deseaba la muerte, así que una vez más trate de sentirla introduciendo mis dedos en los orificios de la máscara, y luego vino lo demás, si eran ojos, pero yo lo sentía eran mis ojos, no había nada más, no hay muerte, no hay nada, la muerte es nada y solo quedamos nosotros, los que hacemos de la muerte belleza, porque somos capaces de superarla y acariciarla, para luego dormirla en el regazo de nuestros corazones.
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